Muchos han sido los artículos publicados en los últimos meses sobre el día después de la Covid-19. Han sido múltiples los debates, informes y propuestas de variada índole para tratar de imaginar el mundo de mañana, que en realidad es ya el mundo de hoy.

Diversas hipótesis se han barajado y es difícil, dada la complejidad de la situación actual, ver con claridad las distintas tendencias que marcarán los contornos de la vida de este nuevo siglo. Una de ellas, la cual parece imponerse sobre todas las demás y que goza asimismo de absoluta unanimidad, es la que indica que “la sociedad será digitalizada o no será”. La práctica totalidad de los expertos nos subrayan que la digitalización será la seña de identidad del siglo XXI.

Esta nueva etapa digitalizada no será similar a los anteriores hitos de la humanidad en los que nuevos avances tecnológicos y científicos permitieron dar sucesivos pasos hacia la modernidad

Probablemente tendrán razón, pero lo que no se dice con claridad es que esta nueva etapa digitalizada no será similar a los anteriores hitos de la humanidad en los que nuevos avances tecnológicos y científicos permitieron dar sucesivos pasos hacia la modernidad. Ahora no se trata simplemente de pasar de la “edad de piedra” a la “edad de los metales”, ni de asistir al descubrimiento de la imprenta, ni de acompañar los avances de la Revolución Industrial, ni siquiera de la revolución tecnológica del telégrafo, del teléfono o incluso del smartphone..

No, los cambios que se anuncian con la llegada de esta nueva era de la digitalización van mucho más lejos, tan lejos que combinados con la ciencia y la inteligencia artificial (IA), pueden conducirnos al comienzo del fin del “ser humano” y su hegemonía. Así lo predice de manera rigurosa y brillante el historiador israelí Yuval Noah Harari en sus recientes libros. En su obra “Sapiens” alerta: “el potencial real del futuro de las tecnologías es la posibilidad de modificar la naturaleza del “homo sapiens”, así como sus emociones y deseos.”

No es la primera vez que la ciencia y la revolución tecnológica se confrontan con el mundo filosófico, político y sociocultural. Pero es quizás la primera ocasión en la que los propios científicos son conscientes de las consecuencias negativas e irreparables que estos avances puedan producir en los esfuerzos destinados a garantizar la supervivencia de la humanidad. Regresa con fuerza la amenaza del “síndrome Frankenstein”, y un creciente número de investigadores quiere evitar caer en el mismo pozo de desesperación del que fue víctima J. Robert Oppenheimer como líder al frente del “Manhattan Project”, cuyo dramático resultado cumplirá 75 años este mes de agosto. Dichos eventos llevaron a constatar que el ser humano es capaz de destruir su propia humanidad. “I am become Death, the destroyer of worlds” (“Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”), así sentenció su angustiosa aflicción el físico norteamericano.

Varios científicos ya suman esfuerzos en esta dirección. Entre ellos se encuentra el hispanoamericano Rafael Yuste, quien lidera hoy iniciativas pioneras como la de establecer “Neurorights” (derechos neuronales) para precisamente fijar los límites de los avances que se esperan en el campo del “brain-computer-interface” (BCI), centrado en conectar la actividad cerebral neuronal con sistemas informáticos. Tales progresos es muy posible que nos puedan conducir a resultados anhelados por gran parte de la sociedad, pero también una dependencia no deseada hacia agentes mediáticos o industriales descontrolados.

Es aquí donde debemos lanzar las señales de alarma. Si la modernidad que se nos presenta y que la Covid-19 ha acelerado es simplemente un cambio superficial de los mecanismos de comunicación y de información, poco habremos aprendido de esta pandemia. Si todo se reduce a que debemos abandonar el abrazo fraternal por una pantalla compartimentada en el ordenador, poca solidaridad activa podremos ejercitar. Si todo se limita a evaluar y prevenir los múltiples riesgos que tanto los individuos, las sociedades y las naciones temen mediante un mero ejercicio logarítmico, éstos no nos servirán para replantearnos un modelo político, económico y sociocultural necesitado de profundas transformaciones.

Nadie debe ignorar o desaprovechar el sinfín de beneficios que la ciencia y los progresos tecnológicos nos van a brindar, pero en ningún momento deberíamos renunciar a que todos ellos puedan y deban ser regulados y utilizados conforme a las directrices y deseos de aquellos que constituyen la centralidad de la humanidad: los ciudadanos.

Es esta sola humanidad, que la Covid-19 ha puesto de manifiesto de manera brutal, la que debe ser guía y horizonte de nuestra actuación.

Una humanidad que se articule a través de una ciudadanía global que ha sufrido esta pandemia y que ha reaccionado de manera similar en cada uno de los rincones del planeta.

Es esta humanidad que nos manda con sus aplausos universales el mensaje de que la salud es una prioridad innegociable para cada uno de los ciudadanos del mundo.

Es esta humanidad la que exige una cooperación internacional y denuncia las batallas hegemónicas entre distintos países y naciones.

Es esta humanidad la que se revela contras políticas medioambientales y que relama unánimemente salvar el planeta.

Es esta humanidad la que proclama que la futura vacuna frente a la Covid-19 debe ser un bien público global, y que no comprende la inacción de los principales actores de la globalización.

Es esta humanidad que se levanta indignada por la discriminación, el racismo y la xenofobia ante injusticias como la reciente y traumática muerte del ciudadano afroamericano George Floyd.

Es esta humanidad la que no entiende como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no ha logrado hasta hora redactar una resolución en favor de esta batalla en común, y que espera que Naciones Unidas y sus organismos puedan disfrutar de más apoyo y solidaridad en el futuro.

Es esta humanidad la que será el próximo actor político del siglo XXI. Los estados-nación seguirán teniendo su lugar, así como los entes regionales y las ciudades, pero el nuevo sujeto de derecho internacional a tener en consideración será precisamente esta sola humanidad a través de una ciudadanía global.

Para alcanzar esta nueva arquitectura de gobernanza internacional, Naciones Unidas debe ir preparando el campo de las reformas multilaterales. Entre las prioridades destacarán urgentemente la necesidad de nuevas regulaciones y reglas en distintos campos esenciales para la convivencia del siglo XXI. Los problemas a los que nos enfrentamos hoy no son solo los antiguos y clásicos conflictos territoriales. La paz y la seguridad no dependen únicamente de poner punto final a las guerras tradicionales. Hoy existen, como ha demostrado la Covid-19, otro tipo de desafíos, y muchos de ellos todavía no gozan de ninguna regulación internacional.

¿Cuándo tendremos unas normas internacionales válidas para todos sobre el uso y abuso de internet y de las redes sociales? ¿Cuándo definiremos con claridad la lista de los bienes públicos globales? ¿Y cuándo la inteligencia artificial y la digitalización se pondrán al servicio de los objetivos de esta humanidad?

En definitiva, la digitalización es bienvenida para acompañarnos y facilitarnos nuestras nuevas aventuras humanas, pero en ningún caso deberíamos aceptar que nos imponga o dicte la dirección que como humanos deseamos tomar. El viento de la digitalización nos puede sin duda impulsar en nuestra navegación futura, pero como bien decía el filósofo cordobés Lucio Anneo Seneca: “No hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va.”

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