El pasado lunes, el mundo se sobrecogió al recibir con impotencia las dramáticas imágenes del incendio salvaje y demoledor de ‘Notre Dame’. Cuando cayó la ‘aguja’ gótica tan simbólica para París, Francia, Europa y el mundo, un sentimiento colectivo de tristeza y estupefacción embargó a la ciudadanía internacional. Ardía una historia, francesa y europea, pero al mismo tiempo se levantó un grito unánime para mantener y reconstruir un patrimonio que pertenece hoy a toda la humanidad.

Estas son unas reflexiones que podemos extraer de este drama accidental. Mientras los bomberos parisinos luchaban contra el fuego devastador en el interior de la iglesia, una solidaridad afectiva y espiritual se extendía por todos los rincones del mundo.

El primer pensamiento se dirigía a la comunidad católica, principalmente afectada por el significado profundo que ‘Notre Dame’ posee, sobre todo en tiempo de semana santa. Pero la religiosidad católica, cristiana, se vio inmediatamente acompañada por la de todas las restantes creencias y religiones.

Aunque la religiosidad era protagonista en esas horas inciertas en las que se rezaba para salvar a ‘Nuestra Señora” de su total desaparición, el apoyo solidario de creyentes y no creyentes era total.

Correspondió a Víctor Hugo en su magnífica novela ‘Notre Dame de París’ salvar la catedral del olvido de la ciudadanía y autoridades francesas del siglo XIX.

Hoy el fuego purificador nos ha enviado un mensaje contundente. Existe una conciencia que no conoce fronteras y que sabe responder ante catástrofes naturales y humanas. Lo mismo que el mundo se conmocionó por la barbarie del ataque terrorista de Christchurch, y se movilizó para evitar que en el futuro este tipo de horrores vuelvan a afectar a los lugares de culto, hoy la comunidad internacional aplaude la actitud del pueblo y gobierno francés para movilizarse y proponer medidas que permitan evitar este tipo de accidentes en el futuro.

UNESCO ha reaccionado de inmediato y generosamente se ha mostrado dispuesto para coordinar junto a las autoridades francesas el esfuerzo de reconstrucción y protección del patrimonio histórico-religioso.

Hemos constatado que existe un consenso global en favor de la protección de los lugares de culto. Por eso, no dudamos que esa misma unanimidad se manifieste para proteger y salvaguardar la seguridad y serenidad de todo aquel creyente que desee ejercer ese derecho humano indiscutible que es el derecho de practicar libremente y en paz los actos de culto de su religión. Ese es el mandato que he recibido por parte del Secretario General de Naciones Unidas en mi calidad de Alto Representante de la Alianza de Civilizaciones de Naciones Unidas, a fin de elaborar un Plan de Acción global para garantizar ese derecho de culto.

Estos días hemos vuelto a constatar que el mundo y la sociedad internacional no se conmueven solo por los logros científicos, económicos, políticos, medioambientales, culturales o deportivos, sino también por el respeto de culturas y religiones diferentes.

La pertenencia a una cultura, a una civilización, a una religión no debe separar o enfrentar a la humanidad. Hoy el entendimiento, el reconocimiento del sufrimiento del ‘otro’ ha mostrado claramente el potencial humano que existe en cada una de nuestras culturas y civilizaciones. Si esta manifestación ha sido posible a la luz del fuego de ‘Notre Dame’, por qué no puede serlo cada día a la luz de un amanecer más respetuoso y solidario entre cada una de las culturas, religiones y civilizaciones de nuestra querida humanidad.

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